Portada derruída de la antigua iglesia. En la parte izquierda vemos un frontón curvado que nos haría suponer que esta construcción es posterior a las ruinas de la iglesia renacentista; pero no es así, esta entrada debió hacerse con posterioridad a la traza del edificio principal, el convento, de los siglos XIV, XV.

Este convento pasaría a manos privadas con la Desamortización. El pasado año, en una de sus fachadas, colgaba un cartel: SE VENDE.

Desde el exterior tiene un aspecto de solidez, de buena conservación. Torreón con ventanas ciegas, no sé si desde el origen o esta ceguera se debe al paso del tiempo, o a ese cansancio de mirar sin que nadie te mire.

Los conductores de la antigua nacional, que por aquí pasaba, lo veían como un estorbo. Ahora la autovía más lo ha marginado.
Silencio de ladrillo y piedra, como el sabio silencio de los antiguos monjes. Ahora sólo se acercan a estas viejas piedras aquellos que están solos, en silencio.
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Dan ganas de llorar al verla. Es como esas ancianas de rasgos aún preciosos, rasgos que te hacen soñar en la grandiosa hermosura de su juventud.
Dicen que por dentro todavía es más bella. Como debe de ser, en las piedras, en las gentes.

Lienzos románicos, arcos góticos, renacentistas. Una clase magistral de arte.

Pregunté cuánto tiempo llevaba cerrada. -"Yo hice aquí la Comunión" -me respondió. Imaginé palomas blancas saliendo, por escaleras de caracol, a volar al cielo.

Subiendo está el castillo, pronto caerá. Es un castillo de naipes. Si soplo lo derrumbaré. Lo hice, todo siguió igual.
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La primera vez que visité estas ruinas quedé impresionado. Ante mí se alzaba una sencilla portada barroca, de mediados del XVII, muy bien conservada; carecía de puerta y entré. El suelo estaba completamente lleno de excrementos de animales, era un refugio de ovejas. La parte del altar tenía un artesonado precioso, la madera maltratada por el agua de las goteras.
En las paredes blancas y con una increible caligrafía de color azul se narraba la historia de aquella ermita.

Se afirmaba que antes había una pila bautismal que era el mojón de separación de dos reinos (ahora de dos comunidades autónomas). Cuando asistían a misa los creyentes se colocaban al lado que correspondía al reino del que procedían. Otra cosa curiosa es que los bautizados en aquella pila gozaban de los privilegios de ambos reinos.
En mi última visita ya le habían puesto una puerta de metal y parecía el tejado reparado, algo es algo.

Muy cerca de la ermita se encuentran un castillo, al parecer de propiedad privada, inexpugnable; un acceso más propicio tiene por el oeste, defendido por una gran torre. Debió jugar un importante papel en este territorio fronterizo.

Puerta de entrada, al fondo camino excavado en la roca.
Aljibe en el interior del castillo.
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Érase una vez, hace casi tres mil años. Así podría empezar este cuento triste. Antes de los romanos este lugar ya estaba poblado; todavía se conservan restos de las primitivas murallas. Los romanos las destruyeron e hicieron otras más fuertes, para que, entre otros, los antiguos habitantes no pudieran entrar.


Restos de escalinata. La ciudad está situada en una meseta estratégica de fácil defensa. Hacia la izquierda de la foto estaba la puerta de acceso. Posiblemente, dada la costumbre ejemplarizante y disuasoria de los romanos, adornarían la entrada con algún crucificado.
A finales del XIX un noble adinerado mandó excavar parte de este terreno, la mayoría está por descubrir. Desde entonces poco se ha hecho.
Gradas del teatro.

Las termas. Es la parte mejor conservada.

Y colorín colorado, este cuento no ha acabado.
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